que corras, maldita

Acabo de releer mi última entrada en el blog y he llegado a la conclusión que no debería publicar lo que escribo los viernes noche cuando me encuentro sola en mi dormitorio.

Pero también acabo de caer en la cuenta que después de escribir aquello volví a salir a correr. La última vez que corrí fue el día que intercambié unos mensajes con mi exposo.
De hecho empecé a correr por él, porque cuando lo dejamos, me entraron unas tremendas ganas de correr. Sí, tenía ganas de salir corriendo y así lo hice.

Siempre fuí una negada para los deportes, me gustaba el voley, la natación y poco más. Correr era algo que aborrecía. Recuerdo como una amiga y yo nos escabullíamos del campo de atletismo del cole para no correr todas las vueltas que nos tocaban. Nos escondíamos en una esquina del campo, esperábamos que nuestras compañeras siguieran y cuando volvían a pasar a nuestro lado, nos reincorporábamos. Las clases de deporte hicieron trabajar mi cabeza a la búsqueda de excusas para saltármelas  y me iniciaron en el trucheo de partes médicos para abandonarlas totalmente.

A ver si el deporte fue el detonante de meterme en esto del desktop publishing…

Y ahora estoy tan tarada que me levanto de nuevo a las 6.30 para salir a correr.
Lo de correr es un decir, porque esta semana sólo pienso caminar a paso rápido. Sábado intenté correr y por la tarde lo noté en los gemelos. Llevo demasiado tiempo haciendo el perro como para lanzarme sin pensar en las consecuencias que esto tendrá sobre mi cuerpo y mi espíritu positivo. Ese espíritu que me insta a abandonar las sábanas en el mejor momento y que ha de lidiar con las socorridas rampas en las pantorrillas que pretenden retenerme en la cama.

Pero además, me resulta más sencillo despejarme a las 6.30 que a las 7.30.
Debe estar relacionado con algo de las fases del sueño porque sino, chica, no me lo explico – que diría mi padre.

Leía unos blogs de pasteleras que también escriben sobre sus experiencias corriendo. Todas debemos tener el mismo problema. Esto de pasar tantas horas entre mantequilla, chocolate y azúcar, irremediablemente afecta a tu figura y a tu talante. También me he percatado que todas las pasteleras blogueras están un poco locas. Yo, al menos, me río con ellas un montón. Me hacen sentir que no soy tan rara como pensaba, haciendo el tipo de bromas que yo misma haría.

Así que me he dado cuenta que no estoy sola en esto.
Si eso sirve de algún consuelo, claro está.
Pero veo que no soy la única que se alimenta peor cuanto más de bólido va. Vas de culo, te alimentas peor, te sientes peor, haces menos, te sientes peor, te alimentas peor. Un círculo vicioso del que te sacan a hostias tus pantalones preferidos cuando dejan de caberte.

Ingratos, tantos años conmigo y luego me hacen estas cosas. Pero preparaos, porque esta primavera os pienso llevar hasta que vayáis solitos a la lavadora suplicando clemencia.

La época en la que me encontré mejor físicamente fue poco después de mi separación. Finalmente pude experimentar aquello de “no puedo comer, es que no me entra”. Para mí eso era un mito, porque no había problema que no se pudiese solucionar con dos onzas de chocolate negro. Pero resulta que hay momentos que ni tu plato preferido te puede entrar.

Perder aquellos 4-5 kilos que siempre me sobraban no me convirtió en un cuerpo 10, pero no estar pendiente del trasero, de las piernas, de que no se marque la ropa interior fue toda una liberación.
Que mi exposo se despidiera de mi un día llamándome “flacucha” fue un inesperado cumplido.

Sí, seguramente la gente que no se coma el tarro con el sobrepeso no pueda entender esto. Pero para mí es algo que siempre está en un rincón de mi cabeza y por eso a veces termino hasta las narices y paso olímpicamente de la dieta, del ejercicio y del autocontrol porque me canso de mi pepito grillo, que no calla ni bajo el agua.

Este grillo es el que ha de luchar contra mi monstruo anárquico. Aunque pienso que el pobre monstruito debe salir de vez en cuando a la superficie, porque sino sería peor. Encerrarlo, reprimirlo, intentar domesticarlo sería inútil y contraproducente. Pobrecito mío, siempre el malo de la película. Pero hacer un curso de pastelería le está dotando de demasiado poder. Siempre encuentra medios para liberarse, de tomar las riendas. Pero aquí la que manda soy yo: entre grillos, mostruos y hormonas desbocadas. Luchando por mantener la paz, la armonía y la báscula en su sitio.

Y hoy me acompaña la botella de agua, el desayuno ha sido protéico y los hidratos están desterrados de la dieta. Jueves y viernes seguramente arruine los progresos que pueda conseguir de lunes a miércoles, pero algo es algo. No quiero ponerme metas irreales, quiero cuidarme, quiero mimarme y tratarme bien, no quiero maltratarme. No quiero que se me cierre el estómago, no quiero que me llamen flacucha, pero me gustaría mirarme al espejo que cargo a cuestas y sentirme a gusto conmigo misma. Ser menos consciente de mi fachada y poder disfrutar tranquilamente de lo que llevo dentro.

Y es divertido esto de volver a hacer ejercicio. El sábado estaba radiante, me sentía más a gusto, incluso pensé que era mejor persona. Me miré al espejo y pensé que si fuese un tío me echaría los tejos o, ya puestos, un buen polvo. Pero hoy es lunes y estoy destrozada, me duele todo y tengo un sueño que me está matando. Si el chico imaginario de sábado se materializase hoy en mi casa, le diría que lo único que iba a echar conmigo sería una buena siesta…

… bueno…

tampoco estoy tan cansada.

 

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2 comentarios sobre “que corras, maldita

  1. A mi me ha ido de lujo leerte, porque ahora mismo me voy a correr en una cinta que odio, pero que me hace sentirme mejor. Ánimo piensa tienes una prima que esta harta del daño y que lucha para cuidarse. Increíble tener que luchar para quererse cuando debía ser innato. Aprendido casi antes que comer con cuchara.

    1. prima! pues ahora ya tengo otra razón para salir a correr, saber que en algún lado, encima de una máquina diabólica correrás tú también. ¡correremos juntas aunque sea en la distancia! muà

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