mi poconovio

El otro día un amigo me echaba en cara que mi poconovio hubiera pasado a un segundo plano y que ya no apareciese tanto en mis escritos. Y la verdad es que tiene razón. Pero ha sido un acto consciente y deliberado. No quería aburrir a nadie contando lo maravilloso que es el hombre que está a mi lado, no quería contar relatos empalagosos a la par que embarazosos. Tampoco quiero que se le suba demasiado a la cabeza porque luego se pone de un chulito… enternecedor.

Pero hoy ha tocado, hoy voy a hablar de mi poconovio, al que debería pensar en rebautizar porque me encuentro a las puertas de ir a vivir con él. Aunque, por otro lado, pienso que seguir llamándole “poconovio” hará perdurar un tiempo más nuestro romance quinceañero, nuestro espíritu adolescente y la ilusión de vivir algo nuevo, único y especial.

Pero es que no sé por dónde empezar a hablar de él, porque son tantas cosas.
¿Puedo jugar con mi pelo mientras hablo, mirar de medio lado y mover el pie dibujando corazones imaginarios en el parquet? ¿puedo?

Candy Candy ¡tiembla! Porque te voy a desbancar. Mis escenas de besos tienen más colores y estrellas que cualquier capítulo de los tuyos.

Voy a por una piruleta y empiezo:

En un país multicoloooooor….

No, va venga, ahora en serio (es que me da mucha vergüenza), pero allá va:

Ante todo pienso que he tenido suerte, mucha suerte. ¿Muchísima? Pues lo siguiente.
Pero también he de admitir que la suerte no hubiese servido de nada si ambos no le hubiésemos echado un poco de valentía o … mucha o … toda. Porque ambos salíamos de relaciones muy largas, ambos estábamos rotos, ambos buscábamos querer de nuevo, él llevaba ya un tiempo separado, él tiene dos hijos, yo mucha inseguridad, contradicciones abismales y dosis ingentes de desconfianza.

Menudo cocktail para iniciar una relación ¿no?

Pue así fue, como poco a poco me encontré en una relación nueva, desconocida y en la que me veía en desventaja porque pensaba que no aportaba lo mismo que él.
Hasta que un día la roquera me explicó que yo estaba acostumbrada a dar el 200% en mi antigua relación y que ahora sólo aportaba el 50%. Mi poconovio aportaba el otro 50%. Así que la sensación de no estar a la altura de sus expectativas románticas desapareció porque entendí lo que era una relación de igual a igual, no una de dependencia o de amor no correspondido.

Aunque a veces sigo sintiéndome un poco insensible a su lado, me siento como un elefante en una tienda de cristal de bohemia. Porque no estoy acostumbrada a recibir tantas muestras de amor, ayuda, colaboración, interés… así que a veces, aún me pilla fuera de juego.
A veces me río pensando que me ha dicho algo en broma, algo tan de película de sobremesa de domingo, que cuando noto su silencio me tengo que disculpar entre risas al darme cuenta que él hablaba totalmente en serio. Me sigue rompiendo los esquemas que un hombre pueda tener una visión tan romántica, incluso inocente, del mundo.
Intentaré no abrirle los ojos a la cruda realidad. Aunque él sepa a la perfección que existe,  prefiere omitirla, sabe obviarla. Yo, en cambio, prefiero tenerla presente, no constantemente, ni dotándola de demasiada importancia, pero prefiero saber lo que puede llegar a ser, de este modo soy mucho más consciente del bien que atesoro.

Pero aún me sigue sorprendiendo agradablemente que algún que otro fin de semana, mientras yo me ducho, él baje a comprar el desayuno, que aproveche a tirar la basura, que además me traiga un periódico y que cuando yo llegue a la cocina ya haya sacado una bolsita de té para mí.
Antes pensaba que era una broma del destino, que él lo hacía para quedar bien, que desplegaba todos sus medios y artes oscuras para conquistarme. Prepararle a una dama un desayuno dominical es una jugada magistral que a mí me dejó en jaque.
Incluso llegué a pensar que la vida de mi antiguo testamento había sido grabada y que dichas cintas se las habían hecho llegar a él para así saber qué hacer en cada momento.

Me reía para mis adentros pensando en que “El Show de Truman” bien podría haberse llamado “El Show de Ursula”. Mi vida sí que era un experimento sociológico y no “Gran Hermano”. Si incluso llegué a buscar cámaras en los lugares más recónditos e insospechados, pero sin resultado. Realmente lo que estaba viviendo era real.
Todo lo real que creas que es este mundo, claro está. ¿verdad, Neo?

Mi poconovio no se acordará, pero yo recuerdo perfectamente cuando me dijo la primera vez que me quería. Llevábamos unos meses, él volvía de una cena con unos amigos y yo ya estaba durmiendo. Me contó su cena, las anécdotas, las bromas y yo siguiendo la broma, pero con ganas de retomar mi sueño, le pregunté si tenía algo más que decirme (y que sino que  callara ya, pensé para mis adentros que anhelaban seguir con la fase REM que había abandonado súbitamente) pero él me dijo que sí, que me quería decir algo más.

“Te quiero”, me dijo.

Llevábamos 2 o 3 meses y yo justo había caído en la cuenta que estaba enamorada. Cupido estaba totalmente desesperado y frustrado conmigo. Él me enviaba todo tipo de señales, pero yo no lograba entenderlas –  la falta de costumbre.

¿Pero querer? Eso eran palabras mayores. Palabras que oí contadas veces durante mi antiguo testamento y jamás después de haberme casado.

Te quiero…

Cómo cambia todo con estas palabras ¿no? Al menos para mí.
Tal vez, si siempre tuviste esa seguridad, si siempre te supiste querida, no se pueda llegar a entender lo que esas palabras provocaron y aún provocan en mí.
No las digo a la ligera, tampoco las digo conscientemente ya, simplemente escapan de mi boca cuando la situación me llena, me embarga, me estremece, me llena de un amor que iluminaría una ciudad entera…

Por eso no quería hablar de mi poconovio, porque me pongo tremendamente ñoña.

Así que volvamos a tocar con los pies a tierra. ¡Candyx2! ¡Baja!

Sé que nada es para siempre, sé que el hombre de mi vida vino y se fue, sé que de un día a otro todo puede cambiar, sé que no puedes dejar para mañana lo que puedas hacer hoy, sé que el amor es como yo pensaba, sé que él es el amor de mi vida, sé que estoy completa sin él, pero me siento mejor con él, sé que aún puedo aprender, sé que haremos grandes cosas porque las cosas más banales son una aventura si las hacemos juntos, sé que se cansará de mis cambios de humor, sé que se puede olvidar de muchas cosas pero jamás de las importantes. Sé, ahora sé, lo que es sentirse querida. Ahora sé lo que es tener un novio.

Y ¡cómo mola rondar los cuarenta y decir que tienes novio!
Ni marido, ni pareja, ni compañero ¡no!  ¡Poconovio!

¡Ah! Y eso que aún no he hablado de lo organizado que es, de cómo prepara los viajes, cómo hace masajes en la espalda o en los pies, lo bien que huele, las miradas de amor que puede regalar, lo buen padre que es, la empatía que tiene, lo divertido que puede llegar a ser, lo buena persona que es… y ¡lo bien que le sale la tortilla, tú! ¡y es de limpio!

¿Lo de que huele bien ya lo he dicho, verdad?

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5 comentarios sobre “mi poconovio

  1. ¡Im-presionante!
    🙂

    Ay, qué contenta estoy por ti, Ursulina.
    un besote.
    PS: oye, y qué bien te expresas por escrito, eh. Cualquiera diría que has estado colaborando con traductores y otras especies similares.
    😛

    1. pues hoy mismo, mirando una duda lingüística… bueno, venga, ortográfica… pensaba en ti. Pensaba “buh, si la Esterilla hubiese visto esto, me hubiese matado”

      beso de vuelta!

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