monstrual

A qué mujer no le habrán dicho alguna vez
“¿no te tendrá que bajar la regla, no?”

Normalmente te lo dicen después de algún encontronazo absurdo o después de llorar como una tonta sin ninguna razón aparente o después de haberte pegado un atracón de chocolate.

Y la verdad que no hace la más mínima gracia tener que reconocer que las hormonas hacen de tí un ser monstrual. Pero lamentablemente es así, al menos en mi caso.

Durante toda mi vida de adulta tomé anticonceptivos, con lo cual mi cuerpo nunca sufrió realmente las consecuencias de un ciclo hormonal normal. Pero hace unos años tuve que prescinder de ellos por prescripción médica y desde entonces gozo de esta montaña rusa que son mis hormonas en estado puro, libre, insoportable.

A todo esto debo unirle mi nuevo estado de despreocupación por un posible embarazo no deseado, ya que zanjé ese tema hace un tiempo y desde entonces soy libre como nunca antes lo fuí.

Esto es la verdadera libertad. Sexo sin temor al embarazo. Desde los 17 años ese pensamiento me acompañaba en mayor o menor medida en cualquier relación, tomase o no anticonceptivos. Esto nunca me cortó el rollo, pero nunca, nunca arriesgué lo más mínimo hasta pasada la treintena. Eso de “llevaba una copa de más y no sabía lo que hacía” no fue nunca una excusa comprensible ni aceptable en mi mundo.
Mi madre hizo bien su trabajo.

Y acercándome a los 40 es cuando me olvido definitivamente de mi ciclo hormonal. Y esto es la liberación total (podría ser el título de un videojuego “Liberación Total 2.0”, la batalla contra las hormonas), no tener que mirar el calendario con el “ay” en el cuerpo temiendo que esta vez hayas arriesgado demasiado (cosa que sólo empecé a hacer a partir de los treinta y tantos) es, en definitiva, como deben sentir los hombres. Sexo sin complicaciones, sin calcular, sin pensar, sin fechas marcadas en rojo en el calendario.

Y luego se quejan algunos hombres que sus mujeres siempre tienen excusas. Me gustaría verles a ellos lidiando con todo ese barullo en la cabeza… ah, no, que los hombres sólo piensan en una sola cosa a la vez y cuando tienen en mente el sexo no pueden pensar más allá. Si hasta el mismo Guardiola lo decía ayer en rueda de prensa.

Pero yo sigo siendo mujer y mis hormonas están aquí dentro, dando guerra. Así que si me olvido en qué día del mes estamos, ellas me lo indican de muchas maneras. Me lo dicen con granos, con súbitos antojos de chocolate, con sentimientos negativos y destructivos, con pensamientos retorcidos – son tan majas ellas.

Pero  esa parte masculina en mí, esa en la que ya no sufro por posibles embarazos no deseados, esa que me hace albergar el pensamiento único,  esa, esa es también la responsable de que me olvide completamente de interpretar las señales.
¡Cómo un tío, vamos! Si es que estoy hecha una machota.

Así que cuando aparece aquella señora del anuncio vestida de rojo, esa que te acompaña en todos tus viajes, en tus mejores citas y en los momentos más innecesarios, me pilla en bragas – literalmente.

Y me daría de cabezazos contra el mueble del baño por haber hecho una montaña de un granito de arena, por haber irradiado toda esa negatividad, por haber dejado la razón para dentro de una semana.

Pero como en ese momento la razón vuelve a formar parte de mí, entonces me río, dulce, cálida y comprensivamente. Como toda una mujer y, como tal, me disculpo, acepto mis errores e intento enmendarlos.

Pero es que es brutal. Pasan esos días fatídicos pre-monstruales, llega el día que finalmente te baja la regla y ya está, empiezo a ronronear. De nuevo el mundo es rosa, quiero a todos sus habitantes y podría estar cantando canciones desde primera hora de la mañana.

Hace años una compañera de trabajo comparó ese estado de la menstruación a una tormenta de verano que cae después de una sequía prolongada. Y es exactamente igual, tu cuerpo se va tensando, te agotas, te agobias, no sabes bien por qué. Pero cuando empieza a llover, cuando cae la tromba, la electricidad estática de tu cuerpo se disuelve con la del aire, respiras hondo y todo tu cuerpo se relaja. Es como después de una tormenta estival, que el aire, las calles y el ambiente están limpios, puros y preparados para empezar de nuevo.

Lamento que siempre pague las consecuencias el hombre que comparte mi vida. Lamento ser tan tía, tan hormonal, tan previsible. Espero suplirlo con creces las otras tres semanas del mes.

Y sino, siempre quedará el soborno en forma de pastel.

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