sol, solet

Llevo dos meses conviviendo con un hombre, tres gatos y dos niños a tiempo parcial.

¿Que cómo lo llevo? Curiosamente adoro a mis gatos fervientemente, cada vez estoy más enganchada a los peques y doy demasiado por sentado a mi poconovio.

Aparecen los problemas, la fatiga, las maneras de hacer tan opuestas, conceptos diferentes de orden, limpieza, organización, educación, intimidad, propiedad privada y surge la negociación, el enfrentamiento, las malas palabras, la poca paciencia y a veces me embarga la sensación esa de “como falle algo, me da algo”.

Y así no se puede estar bien. Demasiados sentimientos, demasiados cambios, demasiadas personas en la trama, demasiado por negociar y tan poca paciencia y energía para hacerlo.
Poca energía positiva para enfrentarse al día a día de dos agendas tan complicadas y en un entorno tan ajeno a mí.

Cuando me dan estos bajones me intento centrar en el pensamiento de que es algo temporal, que todo será diferente cuando finalmente estemos en la casa. Pero para eso deben encajar muchas otras piezas y entonces me vuelve a asaltar el pensamiento de “como falle algo, me da algo”.

Así, que lo que intento es no pensar, no mirar más allá en el calendario, en vivir el día a día. A la espera de que llegue la llamada y me digan: “tenemos comprador para tu piso” y que al menos ese puente lo pueda cruzar. Llegaremos a otros, pero al igual que no miro más allá en el calendario, sólo puedo pensar en el paso siguiente que se abre en este camino.

Y habrá quien piense que exagero, que soy una floja por no aguantar algo tan fácil, pero el entorno hace mucho y no me encuentro en mi entorno preferido ni por asomo.

Y también es verdad que poco me importa lo que piense la gente.

Es así de crudo y así de cruel, pero el piso de mi poconovio es un mal necesario, pero que me roba la energía con cada pérdida de agua, con cada zócalo suelto, con cada rayo de sol que no llega a iluminar ni calentar la sala de estar.

Y tal vez me monte la película y cuando cambiemos de entorno la vida siga siendo igual de complicada a la vez que extenuante. Pero pienso que con luz todo se ve de otra manera. Pienso que si pudiese llegar a casa sin tener que dar vueltas 20 minutos para encontrar aparcamiento el mal humor no se apoderaría de mí con tanta facilidad.

Y ayer caí en la cuenta que vivo en medio de una ciudad, vivo en medio de tráfico y coches, semáforos y gente que fuma delante de los bares y come pipas sentada encima de los bancos de un parque en el que por la noche se trafica con algo más que con amor.

Y nunca me gustó la ciudad. La ciudad es donde estudiaba o trabajo, pero no es donde quiero vivir. Porque no me deja respirar, me ahoga y me quema.

Y en breve llegarán las vacaciones de los peques y sus padres organizan ya el calendario y yo sólo pienso que entonces la ropa se amontonará con más rapidez, que el desorden no dejará paso al orden, que el baño no se mantendrá limpio ni 5 minutos y que los decibelios siempre superarán mi zona de confort.

Pienso que no podré estar a solas ni a sol ni sombra y, que en ese piso siempre será ‘a sombra’ ya que nunca le toca el sol.

Me consuelo pensando que siempre podré meter la cara en el regazo de uno de mis gatos para respirar hondo. Porque pese a todo, mi hogar está donde estén ellos.

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