quien con niños se acuesta…

La primera vez que hablé por teléfono con mi poconovio simplemente éramos compañeros de trabajo. Yo empecé haciéndole unos trabajillos y ahora le hago otros. ¿Puedo reírme entre dientes?

Se me va la mente a un torso moreno y a un trasero… eeehhhjjjj… esto ¿dónde estaba?
¡Ah, sí!

Mi poconovio y yo comenzamos nuestra relación a distancia. Él me pasaba curro, yo lo hacía. Sí que es cierto que siempre tuvimos una manera de colaborar muy buena. Él es un tiquismiquis y yo una perepunyetes, con lo cual el producto final solía ser de muy buena calidad.

La mente se me vuelve a ir a otros productos de buena calidad que solemos … en fin… al tema.

Nuestra manera de comunicarnos vía e-mail llegó a ser muy cordial, teníamos un buen rollo que con pocos clientes he llegado a tener. Aunque ahora que lo pienso, los pocos clientes que he tenido han terminado en mi facebook o en mi vida de una manera u otra.
Pero con mi poconovio fue un poco más allá la cosa – bastante más allá. Tal vez debería plantearme en rebautizarle como bastantenovio.

Un día – ya habíamos pasado de los emilios a las llamadas y éstas se hacían cada vez más largas – un día le llamé por alguna duda absurda, él me cogió y debía estar en la calle porque de fondo oí voces de niños. Yo no sabía nada de él más allá del campo laboral que nos unía y sí que tenía mis teorías, fantasías e historias, pero no eran más que eso: fantasías.
Entonces él, que estaba diciéndole algo a un niño, me lo pasó. Me puso a su hijo pequeño al teléfono. Pienso que los dos sabíamos que “algo” iba a suceder con nosotros y yo creo que él inconscientemente quería avisarme de dónde me metía. Fue así como supe que él no venía solo.

Ahora sabía que tenía un hijo.

Cuando él volvió a ponerse al aparato, me dijo que era el pequeño, que había otro.

Almacené todo aquello en mi disco duro, que en aquellos momentos empezó a ir más lento, como si un virus se le hubiese colado.

Al cabo de unas semanas él me comentó de nuevo al teléfono – ya nos escribíamos menos y nos hablábamos más – que durante una ausencia prolongada y obligada de su casa nadie había limpiado y que debía ponerse manos a la obra.

Comprendí que soy una machista ya que mi primer pensamiento fue: su mujer no limpia la casa. Pero entonces entendí que no había mujer “a cargo” de aquella casa. Doblemente machista. Porque me dijo que había un compañero de piso y un gato.

Mi disco duro se reseteó.

Pensé que aquel chico había salido del armario, se había divorciado y se había ido a vivir con su pareja. Por eso nos llevábamos tan bien, él era gay, como mi mejor amigo.

Sonó en mi mente la musiquilla aquella de los concursos cuando el concursante se equivoca.
“uou- uou -uou” y el presentador dice con esa voz estudiada e igualmente estudiada condescendencia “¡Lástima! Otra vez será”.

Pero resultó que mis pájaras mentales iban mal encaminadas, porque no, no era gay. Aunque de nuevo me asaltasen las dudas cuando finalmente visité su piso. Con muebles tan modernos, combinados, con aquellos cuadros… sin duda, iba a salir del armario en un momento u otro y yo estaba haciendo el panoli o sirviéndole de catalizador.

Pero no, él no salió del armario.
Pero sí que salieron del armario los dos pequeñuelos.

Primero fue aquella llamada, luego nuestras conversaciones y finalmente fueron ellos mismos.

Y poco a poco empezaron a formar parte de nuestros encuentros. Poco a poco me iban tolerando. El pequeño me fulminó con la mirada durante los seis primeros meses y me dejó bien clarito con su actitud que yo allá no pintaba nada.

Pasó mucho tiempo, tal vez un año hasta que pasé la primera noche con ellos.

Pero poco a poco empecé a formar parte de sus comidas, de sus fines de semana, de sus vacaciones y ahora, aunque sea de vez en cuando, formo parte de su rutina.

Y estar con estos niños me confirma que mi elección de no tener hijos propios fue la correcta.
No porque sean malos o extenuantes o insoportables, no simplemente es porque cuando ellos están no hay nada más. No hay un nosotros, un él, ni tan siquiera un yo. Sólo están ellos.

Y pienso en todas las mamás que día a día viven eso y no las admiro ni las compadezco, un día simplemente hicieron una elección y hoy viven con ella de una u otra manera. Yo también elegí en aquel día y es hoy que me reafirmo en aquella decisión.

Pero he de reconocer que también disfruto de cada momento con ellos, seguramente no me llene como a una madre, pero lo disfruto como una tía, como lo que aprendí a ser con mis sobrinos. Tiene sus desventajas, pero tiene todas las ventajas que yo necesito: el poder recuperarme por completo cuando ellos no están. No responsabilidades, no rutinas.

Siguen en mi mente sus costipados, las verrugas de los pies, sus casals d’estiu, sus camas por hacer y sus armarios por organizar, pero es un pensamiento que puedo apartar de mi mente para respirar tranquilamente.

Así puedo disfrutar de momentos como los de esta mañana.

Esta mañana el mayor se ha colado en nuestra cama cuando nosotros ya estábamos en pleno trajín mañanero. Su padre ha marchado al trabajo y yo he ido a sacar de nuestra cama a ese ocupa somnoliento. Y él al verme, ha solicitado su sesión de mimos. Y ¿qué queréis que diga? Levantarse con un poconovio y darle la bienvenida al día con mucho amor y roce es maravilloso a la par que sudoroso. Pero dar y recibir mimos de un peque con ese olor en el pelo de la ducha de ayer y el calorcito de las sábanas es algo que no se puede pagar ni con céntimos ni con centavos (esa era la duda de este niño ayer: la diferencia entre céntimos y centavos). Sentir el abrazo de unos brazos pequeños es algo que me carga de energía positiva durante horas.

Después de la sesión de mimos con el mayor, me dispuse a despertar al pequeño, el de las miradas ladeadas y el que gasta un mal genio que estamos intentando dominar. Fuí hacia el dormitorio con la duda de saber con qué pie se levantaría hoy. Pero oír que al despertarle ya empezaba a reír y que también estaba mimosín, pues ¿qué queréis que diga? Pues que me aprovecho de él y le muerdo el cuello y le rasco la espalda y le pellizco el trasero ¡ya querría yo tener un trasero así de bien puesto! y empezamos el día de buen rollito que eso es super importante.

Y esta mañana hemos introducido el reloj en la rutina. Simplemente para no estar detrás de ellos a cada minuto, intentando así que ellos administren su tiempo. Llamadme ilusa, pero mientras esté yo con ellos intentaré que sean lo más independientes posible y eso empieza por que ellos sean dueños de su tiempo. Y lo hemos conseguido, uno ha acabado 5 minutos antes y otro en el último segundo, pero ha funcionado.

El tema se ha fastidiado cuando ambos han tenido una enganchada absurda, de esas que tenemos los hermanos y que más vale que se solucione entre hermanos porque se meta quien se meta en medio pagará el pato. Pero como el tema escalaba me he visto obligada a intervenir (sabiendo que el pato iba a mi cuenta) y le he recordado al pequeño que el mal genio y las malas caras no están en mi agenda ni favorecen el buen rollito. Con sólo media sonrisa hemos salido a la calle. Allá la hemos recuperado sin mucho esfuerzo, sopesando las diferentes maneras de asesinar a alguien.

A veces me dan miedo.

Pero mi triunfo, mi pequeño gran mérito es algo que seguramente no se repita (o con suerte sí) ha sucedido cuando salíamos a la calle.
Hoy el mayor me ha abierto la puerta de la calle. Es algo que les dije dos veces (y seguramente yo no sea la única que se lo haya dicho), les dije que hay que dejar pasar primero a los demás, sobre todo a mayores y mujeres (lo sé, estoy chapada a la antigua).

Y hoy él me ha abierto la puerta.

Así que he salido a la calle pensando – sabiendo – que iba a ser un gran día.

Ha sido entonces cuando hemos empezado a imaginar las diferentes maneras de asesinar a alguien.

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4 comentarios sobre “quien con niños se acuesta…

  1. Ursula ya eres una gran mujer, me encanta lo que escribes, me hace meditar y ahora, a mis 46 años, viuda y con pareja muy feliz, te entiendo cuando dices que al haber niños por medio dejas de ser tu y tu pareja, esa sensación la siento yo con mis propios hijos y mi nieta. Te admiro porque me ayudas a pensar. Un beso y sigue escribiendo por favor…

  2. A mí también me ha encantado, nena. De verdad te lo digo. Además, tienes una forma de escribir súper auténtica y amena, que hace que no despeguemos los ojos de la pantalla. Por no entrar en el tema de fondo, que comparto plenamente. Felicidades por ese saber estar. Un besote. 🙂

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