vuelta al gim

La semana pasada se me cruzaron los cables. Estaba entrando en un bucle de malas energías, pocas, pero malas y pensé que era momento de volver al gim.

Tuve que dejar el gimnasio cuando empecé con el curso de pastelería. ¡Menuda combinación fatídica! Dejas el gimnasio y te pones a hacer pasteles. Así no habrá manera digna de calzarse un biquini, por mucho que mi poconovio me diga que estoy bien.

El día que el amor deje de cegarle verá la cruda y flácida realidad.

Me queda un mes de curso de repostería y sé que me va a costar horrores levantarme todos los días a las 6.30 pero mis hormonas del buen rollo me reclaman una recarga desesperada y urgentemente.

Así que se me cruzaron los cables y busqué gimnasio por Mataró.
Busqué por internet aquel que veo desde la carretera por la que entro a la ciudad con el coche.
Rellené el formulario y mira por dónde que al cabo de unos días me llamaron. Me gusta que las empresas contesten a las peticiones de posibles futuros clientes. Parecería obvio que así fuera, pero no lo es. Y así yo no tenía excusa para postponer mi retorno al deporte.

Quedé con la amable mujer que me llamó para ver las instalaciones y hablar de precios.

Descubrí que por poco más de lo que pagaba en el mío municipal en éste tenía una oferta enorme de clases, incluídas todas las que en los municipales son especiales y se pagan aparte. Los vestuarios me alucinaron. ¡Duchas con puertas! ¡Secadores! ¡Gel de baño! ¡Lujo asiático!

Quedé tan convencida que allá mismo me apunte. ¿dónde firmo? ¿dónde firmo? quería saber.

Y hoy lunes he ido a mi primera clase. No me lo he querido ni plantear, no he sentido ni vergüenza de no enterarme de nada, de ser la nueva, la que andaba perdida. Empezaré suave porque arrastro una lesión en los isquios además de la irreversible empanada cerebral que tengo.

Hoy he dio a Pilates. Lo que yo pensaba que era un filósofo griego resulta que es una clase de control corporal. Me ha gustado, me ha gustado la seriedad del instructor, la gente, el ir de nuevo por la mañana a un gimnasio, me ha gustado ducharme con sitio y sin pensar en los pelos. Me ha gustado la experiencia.

Ahora me dormiría a cada rato, porque eso de levantarse de nuevo a las 6.30 para hacer deporte es criminal. Y no lo haría si tuviese un cuerpo de esos 10, de esos cuyas propietarias dicen mantener sin mayor esfuerzo. Cuando dicen eso sólo me viene a la mente aquel animal rojo con cola gordita y que algún que otro can inglés da caza.

Anda, que iba a salir yo de la cama si tuviese un cuerpo que se mantuviese solo y no requiriese de una disciplina de mano de hierro para mantenerse en unos márgenes que pese a todo, nunca lograrán ser de mi agrado.

Sí, sé que tengo que aceptar mi cuerpo, que esto y aquello, pero ¿a que sería guay tener un cuerpo 10 sin tener que levantar un dedo y comiendo sin tener que contar los hidratos de carbono? Hidratos de cabrono es lo que son.

Entonces pienso que seguiría yendo al gimnasio, porque lo más adictivo de estos centros de deporte son las energías que generas. Generas endorfinas o como quiera que se llamen esas hormonas del buen rollito, el caso es que hoy (siempre y cuando no me cayera del sueño) me comía el mundo… o unos donettes…

Mañana spinning …. hmmmmm… ¡qué buen rollito! me digo para animarme…

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