la cruda realidad

Llegó el momento de enfrentarse a la realidad. Llegó el momento de abandonar la esperanza y enfrentarse a la cruda realidad.

El sueño de la casa de nuestros sueños se desvanece. Toca despertar.

Pasó la mitad del tiempo para vender nuestros respectivos pisos y nada, nada de nada. Sabíamos que la situación era difícil, pero en Enero nada apuntaba que lo fuese a ser tanto. O tal vez pecamos de ingenuos, tal vez el optimismo nos nubló la visión, tal vez aquella casa sólo despertaba los sueños y no la realidad. Yo, que siempre piso con ambos pies en tierra caí en su embrujo.

Aparté este pensamiento de mí mientras estuve preparando los exámenes de repostería, pero una vez creado el postre, una vez entregado el examen escrito, allá estaba de nuevo. Volvió a caer como una lápida la conciencia que no nos vamos a ningún lado. Que estamos atados de pies y manos, ligados a unos pisos que compramos pensando que era lo correcto.

Y mi piso sigue vacío, sin visitas, se le acumula el polvo, el eco y el vacío. Me absorbe la energía como un agujero negro. Pago la hipoteca de una nada. Me siento mal por abandonarle a su destino, por dejar en él los enseres de mi abuela que me acompañaron durante los primeros pasos de mi nuevo testamento, me duele haberle robado la presencia de mis gatos que tanta vida daba a aquellas paredes. Me duele sentirlo como un ancla que no me deja zarpar.

Me gustaría mandar a todo y a todos a paseo e irme a estudiar fuera. Olvidarme de trabajar, olvidarme de pagar la hipoteca y olvidarme de que la ropa tarda tres días en secarse en un piso que no puedo denominar hogar.

Y hay cosas más chungas. Lo sé. Sé que soy una niña malcriada que nunca está contenta con lo que tiene. Pero si no fuese así aún seguiría en aquel primer piso en el que conocí a mi exposo. En ese piso y con él. Pero como siempre aspiro a más, como he aprendido que valgo más, que puedo con más, simplemente no me doy por satisfecha.

Soy un culo inquieto, siempre quiero más, siempre quiero ir un paso hacia delante y nunca he tenido mayor problema para conseguirlo. Siempre me he esforzado y lo he conseguido, siempre he encontrado el camino para llegar a mi meta. Nunca he dependido monetariamente de ningún hombre, nunca me he relajado pensando que mi pareja me mantendría, siempre conté con mis medios para llegar a final de mes. He trabajado doble jornada durante años para poderme permitir una casa, unas vacaciones, una independencia y una traquilidad monetaria que me dejara dormir sin hacer cuentas.

Y me digo que aquel tipo de vida también me permitió vivir sin amor y sin sexo durante largas temporadas. Me digo que tal vez ahora no tenga la casa de mis sueños, mi hogar, mi nido, mi remanso de paz. Pero tengo otras cosas o tal vez no las tenga, pero sí que las disfruto.

Pienso que estoy acabando un año de pastelería, que hoy he acordado dos cursos más para mi estancia en Chicago, que tal vez tenga que dejar de pensar en una casa para volver a pensar en mi. Y que tal vez eso tampoco sea tan malo. Pensar en lo que quiero hacer a la vuelta de las vacaciones, a la vuelta de ese viaje que me empieza a apetecer como una clarita en un chiringuito de playa.

Y me dicen que puedo con esto y seguramente sea verdad, he podido con cosas peores.
Pero me toca la moral, me crispa, me altera… vamos, que me jode un montón.

Pero será cuestión de hacerse a la idea, de olvidarse de lo que se podría haber hecho mejor o diferente y mirar hacia delante.

Así que pienso ponerme en marcha, cueste lo que cueste y no pienso mirar atrás. Buscaré nuevos caminos, alternativas, me cabrearé, me frustraré y volveré a intentarlo.

Esta semana han nacido dos niños preciosos en mi entorno y eso es un motivo de alegría que no puede enturbiar ninguna casa, sea o no la casa de mis sueños.

Yo soy la mujer de mis sueños y con eso debería ser suficiente.

Por ahora.

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