cal, arena . . . calas de arena blanca

Después de una semana con niños, después de una semana de dejar de ser yo misma, después de una semana de rutinas y “tira y aflojas” contínuos, llega el día D. El día después que marchen las tiernas criaturas a los brazos de su madre.

Respiro tranquila, vuelve la calma, el orden. Quedan montones de ropa, toallas y sábanas por lavar y planchar, pero al menos será en silencio.
Desaparece el roce, desaparece la Rottenmeyer que no hace distinciones entre pequeños y grandes, desaparece la tensión que me haría mandar a todo y a todos a paseo. Dejo de ser esa que no tiene miramientos, ni mala conciencia, ni tan siquiera perspectiva.

Llega la semana de volver a ser pareja, la semana de poder hablar como adultos, vuelve el tiempo de poder ser quien realmente quiero ser.

Los niños, estos niños que no llevan mi sangre me roban la identidad y cualquier atisbo de paciencia. Ellos y su padre me dejan sin aire, sin conciencia, sin nada que me pueda recordar remótamente a mí. No existe mi pasado, obviamente no hay tiempo para pensar en el futuro y el presente se presenta extenuante.

Lo único que me apetece es meterme en la cama con un libro y decirles que pasen de mí.

No me gusta la extraña en la que me convierto, la extraña que busca a unos extraños en un colegio más extraño aún. Rodeada de miradas extrañadas.
– “¿Quién será aquella que se lleva a los niños del músico?”
– “Es la novia que se ha buscado papá.”

Papá se buscó una novia y la novia ahora juega a las casitas con unos niños postizos.

¡Qué absurdo todo! ¡Qué poco futuro le aguro a esto!
¿Para qué apostar por ello?

Aparece una señal de alerta en mi mente que me dice:
Matemos el tema ya.

Pero marchan los niños y vuelve a aparecer el poconovio, que no el padre de las criaturas.
Y yo no sé si salir de mi escondite o resguardarme allá para siempre.

Pero salgo y me sorprende lo bien que se respira, lo bien que sienta. Recuerdo la razón de todo y recupero la razón que perdí en algún momento entre la quinta vez que pedí que pusieran la mesa o la vigésimoquinta que ordené quitar los zapatos del sofá.

Y vuelve mi yo, el yo que quiero y mimo. Se encuentra dolorido, confuso, agotado, herido.
¿No me había propuesto tratarlo bien? ¿Qué diablos le estoy haciendo pasar?

Y mi yo se encuentra con su poconovio y todo parece volver a su cauce. Pero Rottenmeyer estuvo allá y el papá divorciado con dos criaturas también.
Así que nos recuperamos o eso intentamos, pero ya no somos aquellos novios despreocupados. Tal vez él nunca lo fue, él siempre tuvo una responsabilidad.

La única irresponsable era yo.

Y me premia con un viaje al son de las olas, un viaje para recuperar el sueño, la pareja y el sexo reposado, apacible.

Volvemos a ser dos enamorados.
Y entonces me pregunto quiénes somos realmente.
¿Aquellos educadores intransigentes o estos novios que aún les puede la líbido?

¿Lo uno compensa lo otro? No lo sé, pero espero que así sea.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s