días de sol, días de chicas

Llega el veranito y disfruto de algún que otro día de playa con las amigas.

Puedo ir a la playa con muchas personas y todas aportan algo positivo. Los peques aportan la alegria, el movimiento, el descubrimiento contínuo, las patatas fritas y la Fanta de naranja y limón. En cambio, una mañana de playa con mi poconovio es algo completamente diferente. Es algo que atesoro, porque pocas veces lo he podido compartir con la persona amada hasta conocerle a él. Me encanta pasear a la orilla del mar con él, me encanta su cuerpo tostado, me encanta observarle por el rabillo del ojo mientras nos bronceamos y ¿para qué negarlo? me pone tonta verle nadar. Sí, siempre me ha gustado ver nadar a los chicos. Algunas aprecian traseros, otras aprecian dotes culinarias, yo disfruto viendo a un hombre nadar.

Debo admitir que hace años abandoné a uno nada más ver las brazadas desamparadas que daba dentro del agua. Debería haberme apiadado de él, pero con aquella edad y aquellas hormonas, que un chico no supiese nadar, hacía que mi interés por él bajase al fondo del mar matarile, rile, rile. Tiene algo que ver con la teoría del bailar de los hombres. Yo tengo una parecida con su soltura a la hora de tirarse al agua. De ahí que me ponga en alerta máxima cuando veo a un tío haciendo mariposa en la piscina.

¡¡¡vinagre!!!

Ya me he despistado… a lo que iba… a las chicas y la playa (the girls and the beach)

Un día de playa con las chicas significa hablar de ellos, de nosotras, de aquellos otros por los que tanto sufrimos, de planes, de consejos culinarios, de visitas médicas y remedios caseros.  Un día de chicas implica un tupper con sandía, botella de agua y alguna que otra lectura a compartir. Un día de chicas es un bálsamo que te deja respirar de nuevo a fondo, hasta llenar la barriga de aire.

Porque ellas son oxígeno.

Tengo muchas movidas en la cabeza. Demasiadas. A veces me roban la respiración y me regalan varias contracturas en la espalda. El maravilloso mundo de la somatización.

Y estar con ellas un día cura más que cualquier sesión con cualquier quiromasajista por muy bueno que esté y por mucho final feliz que te prometa. Ya te digo yo, que el final siempre pasa por sacar la cartera y apoquinar una sustancial cantidad de dinero. Sería diferente si le viese nadar, claro está.

El otro día escribía una conocida en facebook que se daba cuenta que sólo podía confiar en su pareja. Estuve por contestarle que si así era, estaba “aviá”, pero desistí.
Si al final del día, si al final  de todo sólo puedes compartir tus dudas, penas o alegrías con tu pareja, tienes un serio problema. Porque lo que me ha demostrado la vida es que ellos pueden ir y venir, pero que las amigas, las de verdad, esas estarán allá cuando él ya no esté.

Las amigas de verdad no juzgan, escuchan, aconsejan, comparten, están ahí siempre, aunque lleves semanas sin hablarte con ellas.

Y pienso que soy una privilegiada, como decía una de ellas la semana pasada. Tenemos muchas cosas, pero nos tenemos a nosotras y eso… eso es un privilegio. Ese es un sol que te calienta aunque haya nubes.

Hace unas semanas recuperé unas fotos de un antiguo móvil y me reí con los caretos que reencontré allá. Ellas estaban en muchas de ellas y al verlas allá sentí la red que representan. Esa red que me deja saltar siempre, a sabiendas que ellas estarán para sostenerme por si vuelvo a caer.

Estar con ellas me devuelve un poco de mi esencia, me recuerda aquellos días de locura en los que salíamos hasta altas horas de la noche pese a tener que trabajar al día siguiente, me recuerda esos vídeos con coreografías absurdas y esas preparaciones de fiestas temáticas que algún impresentable tachó de patéticas. Nosotras nos reímos y pensamos ¿quién era el patético, eh?

Y un día de playa con ellas me da fuerza para seguir adelante, me recuerda todo lo bueno que tengo en mi vida.

Mi padre siempre hacía burla de mis amigas. Decía que las mujeres no podían tener una amistad sincera, que siempre habían envidias y piques. Me llegó a decir que una mujer casada como yo no debería escuchar consejos de amigas solteras porque lo único que querían éstas era verme divorciada. Esa es la imagen que él tenía de la amistad entre mujeres. Pobrecillo, nunca entendió lo que es la amistad de verdad, nunca respetó a las mujeres y nunca supo lo que es confiar en alguien.

Ellas siguen conmigo, cosa que no puedo decir de él ni del otro aquel.

Con ellas comparto muchas cosas. Comparto recuerdos, vivencias, experiencias, domingos de playa, confidencias, recetas, ropa, intereses y momentos irrepetibles como esa carcajada liberadora al vernos sorprendidas por una ola traicionera que deja a una semidesnuda.

¡qué gusto reír y llenarme los pulmones de ellas!

 

 

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