descendencia

Creo que he hablado y escrito muchas veces sobre eso de tener descendencia.

Muchas personas no entienden que yo haya optado por no tener hijos, así que lo voy a volver a explicar, por si aún quedaba alguna duda.

No es que no me gusten los niños, todo lo contrario. Desde que conocí al angelito de mi hermana me enamoré de estos seres pequeñajos que te hacen ver el mundo de otra manera.

Agradecí enormemente dejar de ser la pequeña de la casa y cederle el cetro a otro. Al fin dejé de ser el centro de muchas miradas y pude respirar más tranquila, menos observada.
Ya no era la pequeña. A partir de entonces lo sería él, luego ellos.

Yo pude convertirme en adulta gracias a mis sobrinos. ¿Cómo no iba a adorarles?

No tengo hermanos pequeños y, como mis familiares están esparcidos por 3 continentes, apenas tuve relación con mis primos. Desconocía lo que era tener alguien más pequeño a tu cargo o simplemente en tu entorno. Al principio me dió miedo, pero con el tiempo ví que no era para tanto y me adapté.
Pero desde el primer momento me dí cuenta que ellos requerían tu atención a todas horas. Y cuando ellos no la requerían ya estabas tú para comerte la cabeza con cualquier tema que les afectara: la comida, las visitas al hospital, el bullying en el colegio, la relación con su padre.

Ocupan un espacio en tu mente que no vuelves a recuperar para tí nunca.
Y yo no quise perder mi esencia y cedérsela a un renacuajo.

No obstante, al poco de conocer a mi exposo me entró el furor materno. Tenía 22 años y si en aquel momento me hubiesen preguntado, hubiese engendrado un hijo allá mismo sin pensármelo dos veces. Las hormonas y la razón que no entienden de hacer migas.

Pero pasó el tiempo, me fuí de casa, empecé a trabajar a jornada completa y el tema niños dejó de ser tema. De vez en cuando lo comentábamos, pero estábamos bien como estábamos, no necesitábamos a nadie más en nuestra familia de dos miembros. No necesitábamos meter a más personas en nuestros problemas.

Nos casamos poco antes de cumplir yo los 30 y no sé si fue antes o después que dejamos claro que el tema niños estaba cerrado. Él no quería y yo tampoco. Tanquem la paradeta.

Las visitas de sus sobrinos me hacían corroborar que le decisión era la correcta. Nunca entendí que aquellas madres llegasen a mi casa, una casa sin niños y que soltasen a los suyos como una jauría descontrolada.
A la que le tocaba velar por aquella horda de niños era a mí. Una de la madres me dijo un día que yo hiciese de ogro prohibiéndoles las cosas. Otra dijo que se notaba que no tenía niños porque me molestaba todo.
Claro, yo tal vez estuviese acostumbrada a la educación que he visto en mi entorno, donde los niños preguntan antes de coger algo que no es suyo, donde los niños no apoyan los pies envueltos en zapatos contra las paredes recién pintadas, donde los niños se suben a los sofás después de haberse quitado esos mismos zapatos, donde los niños no comen patatas fritas dejando un reguero de migas por toda la casa, donde los niños escuchan a sus madres (o padres) cuando les indican que hagan algo o que no lo hagan.

Pero la verdad es que no estaba acostumbrada a aquel desmadre. Y al ver a aquellos chiquillos entendí que si tenía descendencia con mi marido, esa carga genética se reflejería en mayor on menor medida en mis hijos. Y yo no quería eso.

Aquellos cuñados y cuñadas parecían pensar: ¿no están en tu casa?
Pues es tu problema (el mío).
Curioso, siempre he pensado que un hijo es una responsabilidad, además de una bendición, pero nunca supuse que fuese un problema y menos el mío.

Y luego contemplo a mis amigas del cole y veo que no ando desencaminada, tal vez sean nuestros lazos germanos, tal vez sea que además de unirnos dos lenguas diferentes, nos unen las mismas bases educacionales. Ellas se preocupan de que los niños coman como es debido, que jueguen sin hacer el cafre, que respeten la propiedad ajena, que no se desmadren llegando a faltar al respeto. Ellas hacen que su descendencia tenga una conducta coherente.
Y eso lo hacen día a día, a todas horas, sin descanso, sin pausa, sin grandes palabras, con amor y con mucha paciencia.

Pero lamentablemente también me he encontrado a esas otras madres que endosan a sus hijos a los abuelos. Abuelos que ya hicieron suficiente criando a sus propios hijos y que ahora se ven contratados a jornada completa por unos padres que aparcan a sus hijos con ellos con la excusa de que si los abuelos no tuvieran a los pequeñuelos, se vendrían abajo. ¡Ya…!

Una de esas madres es la que me dijo una vez que yo era un poco egoísta al no querer hijos.
Recuerdo que no entré al trapo, pero para mis adentros pensé:
¿yo soy la egoísta, no? Tú, en cambio, además de una amante madre eres una conversadora encantadora que desprende comprensión y empatía por partes iguales.

Así que según ella, por renunciar a la maternidad, por querer ser libre, por no querer involucrar a unos abuelos cansados, por no cambiar y adaptarme – por todo eso – soy una egoísta, ¿no? Seguramente sí que haya algo de egoísmo detrás de todo esto, no lo niego. Aunque yo lo llamo instinto de supervivencia.
Pero qué le voy a contar a una mamá que está de vuelta de todo, sobre lo que yo sabía de mi relación de pareja. Relación que no hubiese sobrevivido la descendencia. Si ni aguantó sin tenerla ¿cómo iba a ponerla a prueba con unos churumbeles?
Cómo iba a explicar a alguien con las miras tan abiertas que no quería sentirme frustrada y atada, dejando recaer todos esos malos sentimientos sobre el padre.
Cómo entendería una dulce progenitora y amante esposa que yo hubiese acabado descargando toda mi frustración sobre el padre de las criaturas.
Cómo decirle a una afrodita procreadora que si yo tenía hijos y debía pringar, reducir jornada y renunciar a mi carrera y, si el padre osaba no actuar en consecuencia, yo le hubiese hecho sentir miserable como seguramente me habría sentido yo.

¿Cómo explicarle a alguien todo eso que yo veía tan claro? Sobre todo cuando este tipo de interlocutoras derrochan tanta empatía y comprensión.

Así que sí, me negué a traer un niño al mundo, volver al curro a los 4 meses, endosárselo a los abuelos todo el día y así día tras días hasta que empezase el parvulario.

Pero como me contestaría este tipo de personajes: “no eres madre, no lo puedes entender…”

Ahá, eso es ser madre, vale…

Y me dicen que claro, que lo doy demasiadas vueltas a las cosas, que lo normal es querer tener niños, formar una familia.

¿Lo normal? Ahá.

Lo normal hoy en día es acabar divorciados y hacer de los hijos unos nómadas que van de una casa a otra, pasando por la de los abuelos maternos y paternos sin habérselo comido ni bebido. Y todo esto en un maravilloso entorno social, económico y ecológico.
Lo normal es quitarle a un niño los pies del suelo, enseñarle desde pequeño que nada es para siempre, que el amor puede romperse, que mamá y papá que son tu fuente de todo, siempre te querrán, pero por separado y mediante un convenio regulador.

Lo normal es querer realizarse laboral y personalmente y, lo normal es que los niños se conviertan en una piedra en el camino. Sí, es maravilloso ser padre o madre, pero si tus hijos son un problema y no una extensión de tí misma, entonces, lo siento, pero no me mires condescendientemente y me digas que ellos lo compensan todo. ¿Les has preguntado a ellos si tú les compensas?

Porque es muy bonito querer realizarse como persona y alcanzar los sueños que anhelas, pero cuando tienes hijos, ellos deberían ser parte del sueño.

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