ecos del pasado

Cuatro días de fiesta y dos de ellos con un mal cuerpo innecesario.

No sé por dónde empezar, qué decir, qué callar. Pero tengo claro a quién voy a relegar al olvido a la voz de “ya”.

Ando de nuevo preparando cajas porque parece que finalmente aparecieron dos inquilinos para mi piso. Y entre esas cajas apareció una bolsa con fotos, discos y papeles varios de mi exposo. Le informé de ello y a los dos días su nueva pareja se puso en contacto conmigo de una manera agresiva, hiriente y totalmente fuera de lugar.

Ya no me duele el hecho de no poder estar contacto con la persona con la que compartí más de 15 años, ya no me duele que nada de mí le interese, ya no me importa si viene o si va. Ahora sólo deseo darle este paquete y olvidarme de que alguna vez todas mis esperanzas estuvieron depositadas en él.

No me vale la pena, ya no.

Y venía hacia el trabajo con un regusto amargo en la boca, sedienta como después de una noche de resaca. Consciente del desgaste energético que este intercambio de correos me ha provocado. Desgaste emocional que no he buscado y que no necesito.

Y no tengo rabia, ni enfado, sólo lamento que una mujer esté viviendo todas estas cosas y le llegue a hablar así a otra.

Mi madre siempre me dijo que las mujeres debíamos hacernos costado, ya lidiamos con muchas otras cosas en este sociedad como para hacernos la vida imposible entre nosotras.

Pero claro, no todas pensamos igual. Algunas parecen tener demasiado tiempo libre para darle vueltas a la cabeza, buscar en facebook y enviar mensajes innecesarios.

No sé cómo una mujer puede hablarle así a otra, no entiendo cómo una mujer que se junta con un hombre de cuarenta años pretende que éste no tenga pasado.

Sobre todo si esa otra mujer fue testigo de aquel pasado.

Tal vez ese sea el problema, que siempre estuvo allá, que ella me vió en fiestas, en encuentros, que incluso me vió vestida de novia en aquella fiesta única e irrepetible.
No debe ser fácil vivir con alguien que has visto decir “sí, quiero” a otra mujer.

No debe ser fácil vivir en una casa que yo convertí en un hogar durante 10 años, no debe ser fácil cocinar en la que fue mi cocina, con los platos, copas, cubiertos, robots de cocina que yo fui comprando poco a poco y con aquellos electrodomésticos que nos regalaron mis padres.

No debe ser fácil dormir bajo el techo que me acogió durante tantas noches, con los muebles que escogimos, uno a uno, consciente de todas las ilusiones que crecieron entre aquellas paredes.

No debe ser fácil mirarse en el mismo espejo en el que me miré yo cada mañana y cada noche de aquellos años.

No debe ser fácil abrir el correo y ver mi nombre.

No debe ser fácil crecer a la sombra de otra mujer.

Cuando aquella mujer fuí yo.

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