un nudo en el estómago

En tres días me voy a Chicago.

Pero no puedo pensar en ello porque se me hace un nudo en el estómago.

Esta semana me la estoy tomando con calma, haciendo una cosa cada tarde, sin atabalarme, sin prisas, pero sobre todo sin pensar en sábado.

No quiero pensar en el vuelo, en el trasbordo, en coger yo solita un coche automático y conducir por carreteras americanas.

Me dijo mi hermana que mirara el trayecto del aeropuerto a la casa donde estaré alojada mediante el StreetView de GoogleMaps y creo que eso no hizo más que empeorar las cosas. Imaginarme conduciendo por ese entramado de carreteras de 4 carriles me llena las piernas de plomo.

No es la primera vez que viajo sola, ni la primera que cruzo el Atlántico, tampoco la primera vez que organizo un viaje. Pero sí que es la primera vez que hago todas esas cosas juntas.

Y todo el mundo me dice que me lo pasaré genial, que será una pasada y que volveré renovada y sí, seguramente sea así, pero me gustaría poder teletransportarme a la casa que me acogerá sin tener que pasar por dos aviones y un coche sin cambio de marchas.

Sé que es bueno salir de mi zona de confort, sé que yo quiero esto, pero a veces me pregunto por qué narices no escogí unas vacaciones en la Costa Brava como el año pasado.

Tal vez porque si quiero que cambie algo, debo hacer algo totalmente diferente ¿no?
Sería de locos pensar que haciendo lo mismo que hasta ahora, lograré cambiar algo.

Porque este otoño estará lleno de cambios. No lo presagio, sino que lo afirmo.

Pero hasta que vuelva de mi viaje tengo que enfrentarme a mucho. Será un aprendizaje en todos los sentidos.

Y hace días que mimo a mis gatos con manos nostálgicas, porque me faltarán, porque sé que cuando esté allá se me encogerá el estómago por no poder estar con ellos.

Siento ya el vacío en los brazos por no poder abrazar a mi poconovio cada noche. Porque no podremos contarnos el día durante la cena, porque no podré respirar su olor durante 16 días.
Sé que hago una montaña de un grano de arena, pero ya le echo en falta.

Siento ya la ausencia de comunicación con mi familia. Siento la distancia física hacia ellos.

Y se me hace un mundo.

Así que intento pensar en otras cosas y ayer tuve las excusa perfecta.
Retomé el contacto con un ser querido de mi antiguo testamento. Una chica que ahora es mamá. Ayer pude conocer a su retoño y disfrutar viéndola a ella y a su pareja tan bien. Después de dos años y medio sin saber de ella, ayer nos pusimos al día y prometimos estar en contacto. Me gusta que las relaciones fluyan sin problemas, pese a quien le pese.

Pero la tarde no acabó allá. Aproveché que mi hermana, que me había acompañado en este encuentro, volvía en coche a su casa. En el trayecto del metro hasta su parking y, posteriormente en su vehículo, nos pusimos al día. Es un privilegio tener una hermana con la que te llevas bien, es genial tener a alguien con el que poder decir las cosas tal cual te pasan por la cabeza y con el vocabulario más cómodo que conoces.

Recogí mi coche que había abandonado el domingo cerca de su casa y con él me dirigí a recoger unos papeles que había olvidado en mi piso. Piso en el que entrarán mis inquilinos a la vuelta de mi viaje.

Llegar a oscuras a mi piso me trajo muchos recuerdos del tiempo que viví allá. Lo llevo bien, llevo bien esto de desligarme, pero no es fácil estar rascando siempre en la misma herida.
No me gusta la sensación de verle vacío. Le falta vida, calor humano. Es una suerte que en breve volverá a albergar a alguien.

Abrí el portal y ví el catálogo de Ikea sobresaliendo de mi buzón y volví a sonreír. Me sigue haciendo ilusión recibir este catálogo gratuitamente en mi casa.

Recogí lo que necesitaba del piso y emprendí el camino a Mataró. Me acordé de las noches que hacía aquel recorrido para ir al encuentro de mi poconovio en aquella época en la que a duras penas conjugábamos nuestras agendas. Sentí ese aire de libertad del que sabe dotarme mi coche, libertad que fluye entre el volante, mis brazos y el cambio de marchas.

Durante el camino repasé muchos momentos pasados e  intenté imaginarme de aquí a unos días en Estados Unidos y, volvió ese miedo que no puedo desterrar, pero que intento mantener controlado.

Llegando a mi destino pude ver la luna roja por encima de los tejados de Mataró y de nuevo pude sonreír… y… aullar.

Acto seguido un búho cruzo mi camino, le ví posarse en una señal de tráfico y girar la cabeza como sólo estos animales saben hacer. ¡Un búho en mi camino! ¡Un búho en una noche de luna roja! Un búho en una noche de luna roja, después de una tarde genial
¿qué más podía pedir?

Aparcar delante de casa y ¡sí!… lo hice.
¡qué afortunada! Un catálogo de Ikea, una luna roja y un búho… Pero sobre todo haber conocido al hijo de una ex-sobrina y verla a ella y a su pareja tan tan ¿tan? … ¡tan padres!

Al meterme en la cama y cerrar los ojos aparecieron de nuevo los nervios por el inminente viaje, pero repasé el día mentalmente y pude sonreír a la oscuridad.

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