Yes, I can

aeropuerto de Chicago, 22 de Septiembre de 2012

Hace dos semanas que partí sola hacia lo desconocido. Dos semanas.
Parece tanto, pero, por otro lado, se me ha hecho muy corto.

Los días previos al viaje fueron tensos. No me gusta esto de los aviones, aeropuertos, esperas y controles de seguridad. Sigo pensando que este tema está mal resuelto.

El viaje de ida se hizo largo, pero sin incidencias. Me pude relajar durante los dos vuelos. Pero he de reconocer que el corazón me subió a la garganta cuando tuve que conducir desde el aeropuerto de O’Hare hasta la casa donde me esperaba mi habitación de alquiler.
Conduje guiada por el GPS que llevé conmigo. GPS que en casa apodamos cariñosamente “Mari Pili”. Pues Mari Pili me dirigió en catalán por carreteras norteamericanas sin titubear ni un instante.
Tuve un lapso y salí antes de lo debido de la autopista y el corazón parecía ahogarme. Porque esto de que te guíe un GPS tiene sus ventajas, pero el problema es que no sabía dónde estaba ni hacia adónde me dirigía. No tenía ningún sentido de la orientación.
Pero Mari Pili, diligente como siempre, recalculó la ruta y me devolvió sana y salva a la autopista y a la respiración más pausada.

Llegué a la casa, la reconocí por las fotos que había visto por internet. Y allá encontré a Pam, una rotunda americana, como su propio nombre indica “pam”. La encontré a ella y a su precioso gato gris “Amos”.

Era el cumpleaños de mi anfitriona y me quería sacar a cenar con una amiga y su madre. Estaba reventada pero acepté la invitación deseosa de dejar a alguien al mando. A alguien que no fuera yo.

Me sentí extraña durante aquella cena en un Steak House, miraba a esas tres mujeres y no entendía bien qué hacía yo con ellas. Me costaba pillar todo lo que decían, pero justo antes de que las tres cerraran los ojos y dejarán caer de golpe sus cabezas sobre el pecho, entendí algo de “dar gracias por …”.
Respeto las creencias de cualquiera, pero eso no hizo más que acrecentar mi estado de extrañeza. Me sorprendió y he de admitir que sentí un poco de miedo ante tanta devoción. ¿Era yo la que estaba sentada a aquella mesa con una ensalada que podría haber alimentado a tres comensales y oyendo aquel “amen” por triplicado?

Era yo.

Los primeros días mi guía Mari Pili me acompañó en mis desplazamientos, al tercer día la relegué al compartimento de delante del copiloto. Al cuarto encendí la radio. Yo volvía a estar al mando.

Hoy venía conduciendo hacia el aeropuerto, Mari Pili de nuevo haciendo de fiel lazarillo pero de fondo le acompañaba la música de la radio. Mi corazón y mi respiración estaban tranquilos. No estuve tensa pensando que me enfrentaba a un trayecto más largo y desconocido. Sabía que lo haría, que lo haría bien y que si había algún problema, sabría encontrarle solución.

Y creo que esta es la gran lección de este viaje.

El último día de decoración de mi tarta de tres pisos, Sandy, una de las instructoras, me vió algo tensa y me preguntó que qué me pasaba.
Le dije que estaba nerviosa, que no sabía si podría acabar a tiempo todo lo que necesitaba para llevar a cabo mi proyecto.
Me explicó una historia que se le cuenta a todos los niños americanos. Historia en la que la moraleja reza aquello que tan famoso hizo a Obama, el “Yes, I can.” Me lo explicó y repitió como sólo los americanos lo saben hacer. De una manera clara, simple,  del “could” al “will”, del “perhaps” al “of course”. Hasta un niño americano lo hubiese entendido, asi que esta niña europea lo asimiló, lo absorbió y lo hizo suyo.

Y aquí está este “Sí, yo puedo” y no sé si desaparecerá cuando cruce el atlántico. Pero desde que acabé aquella tarta, la primera de todas las que he hecho con la que me he sentido satisfecha, incluso orgullosa, que algo ha cambiado. Sigo siendo la misma, pero hay una luz que se ha encendido en un rincón de mí que no sabía ni que estaba a oscuras.

Y esa luz me dice que ‘Yes, I can!’

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