miles away

aeropuerto de Chicago, 22 de Septiembre de 2012

Estas dos semanas lejos de casa me han enseñado algo que desconocía pero que me imaginaba.

No me gusta estar lejos. Echo de menos a todos, desde mi poconovio hasta los gatos.

Llevo tres días escondiendo mi cara en la barriga de Amos invocando los sentimientos que despierta el pelaje de mis mininos. Sin éxito.

Y ¿cómo no? he echado de menos a mi poconovio de una manera irracional. Por suerte esta sensación de necesidad de tenerle cerca se fue disipando conforme pasaban los días. Pero saber que nos separan tantas millas, tanta diferencia horaria, no me otorgan paz de espíritu.

Así que sí, puedo viajar sola, puedo responsabilizarme de todo durante ese tiempo, puedo hablar conmigo misma, puedo incluso reírme de mis propios chistes, pero a cada momento echo de menos poder compartirlo.

Soy como aquél náufrago en una isla desierta que se acuesta con a una tía buena que vara en su playa. Él, después de hacerlo, le pide que se vista de hombre para así poder explicarle a alguien que ha seducido a una rubia despampanante.

Pues así me sentí los primeros días, eran tantas cosas nuevas, tantos sitios, tantas experiencias, tanta novedad y nadie a quien coger del brazo y preguntarle “¿has visto?”.

Pero por suerte no estaba sola en esta aventura.
Kayla, la sobrina de la dueña de la casa, se mudó a la habitación contigua a la mía.
Ella había acabado sus estudios en Indiana y comenzaba a trabajar como enfermera en un hospital del centro de Chicago.

Fue una extraña coincidencia que hubiera dos chicas nuevas en la ciudad. Pero era reconfortante llegar a casa después de casi 12 horas de clase y que alguien preguntará “¿cómo ha ido tu día?” y poder preguntarle a alguien “¿qué tal el tuyo?”.

Hablábamos de chicos, de sus itinerarios hasta la ciudad, de su próxima fiesta, de dónde comprar ropa interior o de lo diferente que es la vida real de un hospital a aquello que aparece cada semana en ‘Anatomía de Grey’.

Aprendí que las cosas no son lo que son, sino que son “tipo” lo que son. Como, que a guy isn’t cute, sino que a guy is kind of cute, de hecho ni eso, sino que a guy is kinda cute… ah, no, así tampoco, así: a guy’s kinda’cute, you know. Y cuanto más nasal, mejor. Y la respuesta siempre puede ser: awesome. Cuanto más alargues la a y más nasal te salga, tanto mejor, tanto más aaaasam será.

Aprendí que Chicago no es Chicago, sino Shi-Ca-Goe y que las palomitas no sólo pueden ser dulces o saladas sino de sabor a queso o caramelo. Aprendí que la Pepsi Light sabe mejor que la Coca-Cola Zero, aprendí que los camareros y los dependientes pueden ser super majetes. Y me da igual si es porque se lo curran por tener una mejor propina.

Aprendí que muchos de los clichés están basados en hecho reales, como la comida, las fiestas, la adicción a internet y al móvil, la comida, la mentalidad, la comida, la religión, la comida, las cajas para llevarte la comida a casa. Aprendí que a veces la realidad supera a la ficción, sobre todo, en la comida.

También compartí momentos con mis compañeros de curso, sobre todo con mi compañera de mesa. Es curioso como te alías con desconocidos cuando estás a tanta distancia de tu casa.
Pero ayer, después de acabar con la entrega de diplomas, nos sentíamos vacías, ¿qué debíamos hacer, irnos a casa, separarnos, volver a la realidad?
Decidimos improvisadamente alargar ese momento volviendo juntas al centro de la ciudad, paseando por el muelle, comprando los últimos souvenirs, haciéndonos las últimas fotos.
A la vuelta nos despedimos y me sorprendí reconociendo que su compañía iba a dejar un hueco después de su marcha.

Me ha llenado tanto conocer a todas estas personas, toda esta experiencia…

He vuelto a ser consciente de lo privilegiada que soy. En casa me espera una persona que me quiere y que se está embarcando conmigo en una nueva vida. Tengo una familia que está ahí siempre, siempre puedo contar con ella. Tengo unas amigas que saben animarme y respaldarme y conseguir que mi humor se recupere con un par de mails.
Y de nuevo he de constatar que gracias a los estudios que me proporcionaron mis padres me puedo comunicar con cierta libertad en varios idiomas. Con la libertad que eso te otorga.

También me he dado cuenta que … no sé cómo decirlo sin sonar pedante. Pero es lo que siento, siento que mi carácter es sólido, que puedo tener mis miedos, mis complejos, mis neuras, pero que tengo una base estable. Siento que tengo unos buenos fundamentos y que pocas cosas pueden hacerlos tambalear.

Y lejos, muy lejos de casa es cuando me doy cuenta que no lo podría haber conseguido sin ellos, sin ellas, pero sobre todo sin él.

Así que cuando una americana me dice que los hombres apestan, yo tengo que reprimir una sonrisa y una respuesta impertinente que le aclarara que no diría eso si supiese como huele aquel chico de Mataró.

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