hogar, dulce hogar

Volver a casa después de un viaje siempre es un alivio. Mi exsuegra decía que en casa hasta el culo descansa. Y es cierto, porque cuando emprendes un largo camino de regreso a casa, lo único en lo que piensas es en llegar. ¿Para cuándo el teletransporte?

A la llegada de Chicago, pasando previamente por Amsterdam, y pisando finalmente suelo de la ciudad condal, pude respirar con total tranquilidad.

Volvía a casa…

Y entonces caí en la cuenta, no volvía a un hogar como tal.

En el aeropuerto me recogía mi madre, pero en Mataró no había nadie, mi poconovio estaba en una formación. Yo volvía a su casa, no a la mía.

Pero estaban mis gatos y por ellos cogí mi coche después de 15 horas seguidas de viaje. Pero la sensación de que mi culo iba a descansar no surgió. No sentí que volvía a mi hogar, volvía a un piso vacío, piso que nunca hice mío y piso que nunca he podido sentir como acogedor.

Me dice mi poconovio que nos aferramos a cosas y tal vez tenga razón. Pero me he desecho ya de tantas, que al menos necesito saber que vuelvo a un lugar que pueda sentir como hogar. Además, pienso que un hogar no es una “cosa”, sino un sentimiento que te despierta un lugar.

Adam y Kev me proporcinaron esa sensación. Pasamos la tarde juntos entre mimos, maullidos y siestas. Finalmente pude enterrar mi cara en su barriga y sentir esa extraña conexión mental que sólo tengo con ellos dos.

Pero todo esto cambiará en breve porque finalmente todo ha cuajado y hemos encontrado un piso. Lo encontramos dos días antes de mi marcha y mi poconovio se hizo cargo del papeleo durante mi ausencia.

Él me iba contando todo mientras yo estaba fuera, me enviaba fotos, planos, ideas, sugerencias y yo las recibía contenta pero como a través de una pared insonorizada.
Realmente no me emocionada mucho la idea. Imagino que tenía la mente ocupada en otras cosas, mi realidad era otra y la distancia era mucha.

Al día siguiente de mi llegada volví a aquel piso que aspiro a convertir en hogar y la ilusión me atrapó nada más entrar, al mirar por el balcón y ver el mar, deslumbrante, azul verdoso con crestas blancas causadas por el viento. Finalmente pude abrazar a mi poconovio y darme cuenta que esos éramos nosotros y que empezábamos una nueva aventura. Y que ese sería nuestro hogar.

Y desde ese día siento una bola de nieve que va creciendo dentro de mi, aumentando de tamaño, deseando ya ese cambio, ilusionada hasta la médula, impaciente por pasar la primera noche allá, con ganas de amanecer viendo el sol, consciente que los pasos nos conducen a un mayor compromiso, a una vida en conjunto.

Y ver la cara ayer del peque mayor al saber que finalmente tendría una habitación para él me hizo ser más consciente que hay que crear un hogar, ya no solo por mí, ni por él, sobre todo por ellos dos y aunque sólo vaya a ser a tiempo partido. No quiero que sientan ese vacío que provoca llegar a una casa que no sientes como un hogar.

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