me cambias el tono

Hoy venía pensando en esas relaciones negativas que todos tenemos o hemos tenido. Ese tipo de relaciones en las que no se puede decir que se tengan conversaciones, sino más bien discusiones o enfrentamientos.

Personas con las que interactuamos como con guantes de fregar los platos. Nos armamos con un caparazón cada vez que vamos a interactuar con ellas. Y, de este modo, los diálogos empiezan mal y acaban aún peor. Acaban por no ser un diálogo, sino más bien una serie de reproches, palabras en una sola dirección, sin intención de llegar al entendimiento y demasiado a menudo, sin atender a la razón.

Y lo peor de todo esto es que nos suele pasar con las personas más importante de nuestra vida. A veces se trata de la propia pareja o de familiares muy cercanos. Simplemente porque a veces la confianza nos permite eso, nos permite dar asco.

De mi estancia en Estados Unidos vuelvo con varias lecciones aprendidas y una de ellas puede parecer muy banal. Pero analizándolo, pienso que no lo es tanto. Se trata de disulparse ante extraños en nuestra vida cotidiana.

Me sorprendió gratamete como las personas se disculpaban si al adelantarte te rozaban, si se cruzaban demasiado cerca, si te golpeaban con el carrito de la compra o si incluso llegaban a pisarte en el tren. Entonces ya ni te cuento, se deshacían en disculpas. Puede que no fuesen sentidas, puede que fuese una reacción aprendida, pero puedo decir que si alguien te pisa y se gira regalándote unas disculpas y preguntándote si estás bien, es mucho más constructivo que si te pisan y ni se giran al alejarse de tí.

El cuerpo, además del dolorido pie, se te quedan de otra manera.

Pero ya en el trayecto de vuelta a Europa noté que aquí esto es, en general, muy diferente. Eso y la limpieza de los lavabos. Pero ese es otro tema.

Así que ahora cuando rozo a alguien con el hombro en la cola del autobús, le miro y me disculpo. Si veo que alguien tiene prisa en la cola del super, le cedo el sitio, si un conductor me cede el paso en un paso de cebra, le doy las gracias. Era algo que ya hacía, pero que reconozco que a veces olvidaba.

Son gestos fáciles, pero que cambian de manera notable cómo te enfrentas a la rutina diaria. Cambian el aura que emanas. Y creéme cuando te digo que eso es contagioso y muchas veces desmonta a las personas que te iban a atacar con su malestar.

Y entonces pienso que si podemos actuar así con perfectos extraños ¿qué derecho tenemos de hablar sin respeto o sin cariño a personas que nos quieren o nos han querido?

¿Acaso es la confianza? ¿Se trata de esa que tanto asco da?

A esas personas que les hablan mal a sus padres, a sus mejores amigos o a sus ex-parejas les preguntaría tranquila pero claramente ¿yo te hablo alguna vez cómo lo haces tú?

En serio, contéstame ¿yo empleo alguna vez ese tono contigo?

Cada vez tengo más claro que todo lo que diga, todo lo que haga, todo, todo volverá a mí de una manera u otra. Somos energía, repartimos energía y, de nosotros depende lo que vaya a sernos retornado. Así que si nos sorprende que el mundo nos trate mal, tal vez debamos plantearnos cómo estamos tratando al mundo nosotros. A todo el mundo.

No me vale que seas maravilloso con todos y que cuando llegues a casa le pises la cola al gato para desquitarte.

Y no me vale que te caiga mal alguien, que incluso le desprecies. No me vale porque esas actitudes no llevan a ningún lado y volverán a ti tarde o temprano. Sólo la mala sangre que te provocan ya es algo negativo que estás generando tú mismo.

Tal vez pienses que de ese modo te estés desquitando del mal trago que te está haciendo pasar esa otra persona… pero pensando más allá… ese daño te lo estás inflingiendo a ti mismo.
¿Por qué tienes que cambiar tu actitud postiva y dialogante ante alguien que no lo es?
¿Por qué debes sacar los guantes de fregar los platos? ¿Acaso te espera un trabajo sucio?

Provoca que tu interlocutor cambie su manera de dirigirse a ti. Sé consciente que no tienes por qué aceptar que te hablen así, por mucho que siempre haya sido de esta manera.
Sí, lo sé, más fácil de decir que de hacer. Porque si no lo hace, si no aprende a hablar al menos con respeto, si ya no puede ser con cariño, pues la única opción que parece quedar es que no se diriga a ti. Pero a veces eso no es viable. Entonces yo díría que debemos enseñarles a esas personas a ser conscientes del tono que emplean con nosotros.

Esa persona que nos habla y nos trata mal debe aprender a liberar esa tensión de otra manera, pero no con nosotros. Es más, esa persona, debería analizar por qué acumula ese malestar y por qué lo emplea contra los demás.

Nosotros no somos su catalizador personal.

Y si llegas a casa y tu marido te toca las narices con sus cosas, pienso que ganas más diciéndoselo desde el cariño, desde el amor que os une, que echándole un rapapolvos. Si eres capaz de disculpar a ese insensato que te ha tirado su mochila encima en el autobús, ¿no serás capaz de emplear las palabras correctas cuando tu pareja haya vuelto a hacer eso que tanto te toca la moral?

¿Cuál es la diferencia?
¿La confianza?

La confianza pienso que debería significar también más respeto, más cariño, más amor. Porque, al fin y al cabo, os unen cosas mucho más importantes. Cosas que se pueden perder con un diálogo convertido en discusión.

Y lo mismo vale con madres que chochean algo, con exparejas que siguen culpándote de todos sus males y personas que te insultan por no ir suficientemente rápido aparcando.

Enséñales a cambiar el tono.

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