en cuarentena

Bajé a comprar helado y las velas que faltaban para ella.
Vainilla con nueces de macademia, un cuatro y un cero.

Al llegar a la altura de la cajera, ésta me preguntó que quién cumplía la maravillosa edad de “40”.
“Una amiga del cole” le contesté.

Y desde el cole hasta ahora, hasta que todas rondamos los cuarenta, estamos juntas en esta historia.

Unas se fueron, otras volvieron, otras estuvieron desaparecidas durante algún tiempo, pero sábado volvimos a coincidir las que pudimos.

Y poco a poco empiezo a ser consciente de lo que me dijo aquella cajera. Esta edad es maravillosa y no la cambio por los 18 por mucho que las carnes colgaran de otra manera por aquel entonces.

Tampoco cambio mi sabiduría, mi seguridad, mi estabilidad, pero sobre todo, no las cambio a ellas.

Sábado paseamos hasta el establo donde una tiene a su caballo. Durante el paseo hablamos ora con la una, ora con la otra, poniéndonos al día de nuestras respectivas vidas. Y sólo puedo decir que son dignas de un libro. Pero sobre todo son dignas de respeto.
Las pérdidas, el aprendizaje, las enfermedades, las rupturas, los problemas cotidianos, la maternidad, la madurez… las vidas de estas mujeres, que puedo llamar amigas, son una lección de coraje, fuerza y no sé ni cómo decirlo… una lección de ser mujer sin morir en el intento.

Y pienso en quién acuñó el termino de “cuarentona” y llego a la conclusión que debió ser algún hombre reprimido y apabullado por la rotunda presencia de una mujer en sus cuarenta.
Deben morirse de miedo ante mujeres con las cosas claras, no tan pendientes de sus complejos, no tan dispuestas a sacrificarse por los demás.

Hoy por hoy pienso que puedo con muchas cosas más porque ya no estoy en aquella eterna lucha contra mí, contra mis kilos de más, contra mi piel que no es lo tersa cómo intentan hacerme creer por todos los medios. Acepto mi imperfección, soy consciente que no llego a todo pero ya no me atormento por ello y toda esa energía negativa que vertía sobre mí, ahora la invierto en mí pero de una manera positiva.

O al menos lo intento.

Y un día rodeada de mis amigas cuarentañeras es como una sesión completa de belleza. Es como ir a un balneario para que te den un masaje, porque la espalda se descontractura, las cervicales dejan de molestar y ese incipiente dolor de cabeza causado por aquella energía negativa que acecha en cada esquina, se desvanecen.

Y es reconfortante que pasen los días después de nuestro encuentro y sentirlas aún parte de mí. Pasarán las semanas, incluso los meses, pero eso no es problema, porque cuando nos reunamos no habrá silencios, la conversación fluirá como lo lleva haciendo ya desde hace muchos años.

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3 comentarios sobre “en cuarentena

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