to be or not to be – family

Hace unos días el hijo mayor de mi poconovio me sorprendió con una coletilla un tanto desagradable. La dijo en broma, pero me soltó algo así como que yo no tenía ni voz ni voto porque no era de la familia.

Tuve que contener a mi monstruo interno para no explicarle lo que opinaba yo de la familia y preguntarle que quién se creía él para hablarme así desde sus 9 años y desde su niñez partida entre dos hogares diferentes.

¿Con qué fundamento me iba a hablar él de la familia?

Su papá y su mamá son y serán su papá y su mamá. Pero su papá esta con otra señora que soy yo y algún día, su mamá estará con otro señor y ese señor será la familia de su mamá, como yo ya soy familia de su papá.
Porque compartimos la vida, los momentos cotidianos, las rutinas, los imprevistos, las alegrías, las sorpresas, los gastos y hasta el lavabo y eso, eso para mi, es ser familia.

Pero enseguida supe de dónde provenían esas palabras, porque todas provienen del mismo sitio. Del sitio aquel del que surgen las bromas sobre si llamarme madrastra o no, del lugar en el que se pone en duda si el hecho de ser pareja estable es algo serio o no, del lado oscuro que le mete en la cabeza al niño que una nevera desconectada al lado de su habitación le provoca insomnio.

Acabé explicándole que le veo más a él que a mi padre y que por lo tanto, le siento a él más como parte de mi familia que a mi propio padre. También le dejé claro que era yo la que lavaba su ropa, ayudaba a decorar su habitación, cambiar sus sábanas y dar de comer a su gata.

Y lo que no le dije es, que yo tengo elección: puedo quererle o no. Y he elegido quererle, cosa que de la familia se da por sentado. ¿Entonces qué importancia tiene tener o no un árbol genealógico en común o no si lo que hace el cariño es el roce? El día a día, la convivencia. Si conozco mucho más a estos dos niños que a los hijos de mi hermano aunque sean de mi sangre.

Y a estas y otras lindeces me enfrento a diario. Sé que vendrá el “tú no eres mi madre” y tendré que morderme la lengua. Sé que vendrán cosas peores y que llegará el día que les hable de tú a tú y les deje clarito quién tiene la última palabra en casa cuando su padre no está. Más adelante ya les explicaré que cuando está su padre en casa, le dejo pensar que él está al mando, pero esa es otra historia que ya contaré en otra ocasión.

La noche del viernes, el pequeño fue el que me preguntó con su tono irritado, cansado y de vena yugular hinchada que por qué me había lavado las manos en SU lavabo. Después de explicarle quién pagaba el alquiler, limpiaba el baño y cambiaba las toallas, me dijo que me daba permiso a utilizarlo. Ahora suena a broma, pero a aquellas horas sólo me lo quedé mirando y me reí porque le hubiese explicado con pelos y señales que él no tiene porqué darme permiso a mi para nada de nada.

Y ¿por qué explico todo esto? Pues no lo sé, porque es mi día a día, porque no sé si hay muchas mujeres que se atrevan a hablar de cómo se sienten con los hijos de su pareja. Porque parece idílico que una mujer sin hijos se encuentre con dos de golpe, pero si ese no era tu plan inicial de vida, es un contraste muy grande con tu vida anterior. Y, además, para terminar de redondearlo, has de ir con pies de plomo con lo que dices y haces en tu propia casa -siempre- porque no puedes cometer el error de inmiscuirte en la educación que reciben en la otra casa, aún cuando acabe afectando a la convivencia en la tuya propia. Lo cual resulta frustrante.

Nunca pensé que lo complicado de todo esto fuese que detrás de estos críos hubiera una mujer, una madre. La conozca yo o no, quiera conocerme ella a mi o no, sus decisiones acabaran afectando a mi vida.

Y eso me jode.

Porque me fuí de casa de mis padres para hacer lo que yo quería y ahora, 18 años más tarde, me encuentro atada de manos cuando quiero poner mi agenda al día, porque depende de las decisiones y cambios de alguien que no tengo el gusto de conocer. Y si lo pienso me parece tan absurdo, que una extraña tenga poder sobre MI agenda, que más vale que no le dé muchas vueltas al tema porque terminaría explotando.

Y, además, veo como sufre mi pareja por esta custodia injusta que le priva de estar con sus hijos el mismo tiempo que la madre y que le obliga dosificar su relación y su amor por ellos.

Y eso también me jode.

Pero no puedo hacer nada. Por hacer, no puedo ni escribir todo lo que estamos viviendo y aguantando para no poner más piedras en este engranaje de padres separados con niños.

Sólo puedo decir que me alegro cada día más de haber tomado aquella decisión de no tener hijos. Si unos críos aún me atasen a mi exposo,  mi vida hoy por hoy sería un infierno. Porque resulta que durante tu convivencia estás con alguien, pero cuando te apartas de ese alguien, se convierte en un extraño. Claro, a falta de roce, nace el odio o el desdén o la rabia o llámale como quieras. Pero esa persona que era el sol de tu universo, al apartarte de ella, se convierte en un agujero negro.

Entonces explícale a un niño, que tu padre es tu padre, que tu madre es tu madre y que eso jamás cambiará. Explícale que ambos te quieren, te quieren a ti. Pero que ellos, ellos ya no se quieren. Ellos no son ni familia, ellos sólo son unos extraños que ni tan siquiera se caen bien.

Esas personas con los que compartes hogar a tiempos desiguales ya no se conocen.

 

 

 

 

 

 

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