if this is good-bye

No recuerdo la última vez que comí con mi ex marido. No recuerdo qué día era, ni si era de día ni de noche, no recuerdo qué nos dijimos, no recuerdo qué no nos dijimos. Solo recuerdo vagamente esa sensación de vacío que invadía mi cuerpo estando cerca de él. Pero todo eso queda ya tan lejos, como si me lo hubiese contado una amiga y yo no hubiese estado allá.

De aquellos recuerdos que nunca enraizaron aprendí una cosa, que cuando llegan las últimas ocasiones de algo, más vale vivirlas con los cinco sentidos. Ser consciente de que esa será la última vez que hagamos algo.

Desde hace años que vivo al día. Mi cuenta bancaria es un fiel reflejo de cómo funciona mi cabeza. No hay ayer y no hay mañana. Sólo existe el ahora. Y no es algo premeditado, simplemente es. Mi cabeza no da para más. Pero cuando veo que un momento final se acerca, me preparo para disfrutarlo a tope.

Cerramos el atelier – nuestra pastelería- a finales de Abril de este año. El sueño que se convirtió en mi causa de insomnio llegaba a su fin. No lo viví como algo triste, ni algo transcendente. Lo viví al día, sin darle más vueltas, pero lo viví preparada. Para poder recordarlo, para poder procesarlo.

Preparé el último día sin mucha premeditación, ya digo que no tengo la cabeza muy en mi sitio. Pero todo encajó. Mi socia ya se había llevado sus cosas y a mi me quedaban las mías. Amor cuinat, nuestra cocinera residente, también se había llevado todo con ella. Incluida a su madre. Llegué al atelier esa mañana soleada de sábado y sólo quedaban mis cajas, recoger, limpiar por última vez y forrar una tarta en fondant. Forrar tartas de bodas se hacía de maravilla sobre aquella mesada de mármol que nos había dejado a buen precio mi amiga de mis tiempos de estudios.

Llevé mis últimas cajas a mi coche y empecé a limpiar. Mirando en cada rincón y grabando a fuego esas estancias ahora vacías. Las lámparas que había colocado mi àngel, las estanterías que había montado con mi madre, las escaleras que había pintado el marido de mi socia. Los cuadros que colgamos ambas haciendo malabarismos en la escalera.

Justo cuando acababa de limpiar llegaron mi madre y mi àngel con sus respectivos coches. Llené el coche de mi madre con más cajas, aparcamos y de ahí nos fuimos a comer.

Comimos los tres juntos. Comí con las dos personas que más me habían apoyado en mi proyecto. Fue nuestra comida de despedida. Fue perfecto y genial.

Ellos marcharon. Él a un bolo y mi madre a nuestra casa. Ya descargaría yo las cajas cuando llegase. Ella me preguntó si quería que se quedara conmigo pero le dije que era mejor que no.

Abrí por última vez la puerta del atelier y preparé la última tarta de fondant. Forré en oro comestible, tinté el fondant para darle ese toque marmolado. Estiré, forré los dummies, los dejé parejitos y prolijitos, tal y como me había enseñado años antes mi socia. Le dejé todo listo porque ella se llevaría esa tarta al lunes siguiente y entregaría las llaves a los Sres de NyN.

Recogí, terminé de limpiar todo y eché un último vistazo atrás antes de cerrar definitivamente aquella puerta de Esteve Terradas. Cerrando la puerta a los últimos cinco años de mi vida.

Era libre. ¿Libre para qué?

 

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